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lunes, 3 de junio de 2019

Por una medicina más conservadora








@varelalaf
La semana pasada hablé de la influencia del machine learning sobre la práctica clínica, una dinámica cargada de claroscuros y, por este motivo, creo que vale la pena hoy hacerse eco del manifiesto "The case for being a medical conservative" escrito por cuatro médicos: John Mandrola (cardiólogo), Adam Cifu (internista), Vinay Prasad (onco-hematólogo) y Andrew Foy (cardiólogo). Los autores aclaran que su manifiesto no tiene nada que ver con la política, sino que, dado el deslumbramiento de la tecnología, y la presión del consumismo, se ven forzados a abrazar el conservadurismo, una manera de decir basta cuando nadie está dispuesto a hacerlo.


"Los médicos conservadores no somos nihilistas -afirman-. Valoramos el progreso científico que tantos beneficios ha aportado a la humanidad, como el hecho de haber transformado el sida, y muchas formas de cáncer, en enfermedades crónicas más o menos manejables, o haber descubierto la influencia del tabaco y de las comidas grasas en muchas enfermedades cardiovasculares."

Para comprender mejor su posición, los autores han elegido el clásico gráfico de la economía de la salud que relaciona gastos con resultados




Si prestan un poco de atención al gráfico, observarán que muchas de las actuaciones de la medicina moderna, como el cribaje del cáncer de próstata o el uso de resonancias para el dolor lumbar, se posicionan en la parte plana de la curva, es decir, dinero perdido, mientras que los tratamientos del cáncer y de las enfermedades crónicas se encontrarían en la zona de rentabilidad intermedia. Pero lo más interesante del gráfico es que ilustra que hay inversiones sanitarias, como las vacunaciones, el agua potable y el saneamiento público que vienen demostrando, claramente, su alto rendimiento sanitarios y social.

Sólo un 11% de los tratamientos son realmente efectivos

"La medicina conservadora -continúa el manifiesto- reconoce los nuevos tratamientos sólo cuando los beneficios son claros y la evidencia aportada es consistente y sin sospechas de sesgos." Pero desgraciadamente este es un hecho poco común. Valga como ejemplo una revisión de tres mil tratamientos empleados en el National Health Service que concluye que sólo un 11% de ellos son valiosos, mientras que en el 50% se desconoce su efectividad real.

Evidencia versus experiencia

Los clínicos a menudo se entusiasman con una técnica o un tratamiento que dominan, de los cuales se convierten en expertos y fervientes defensores, y a menudo les cuesta admitir el trabajo de los evaluadores en la búsqueda de la robustez metodológica de los estudios que avalan la efectividad de dichas actuaciones. Si se da el caso de que el beneficio de una acción clínica es genuino, como los antibióticos para las infecciones bacterianas, las angioplastias intervencionistas para los infartos agudos de miocardio o las artroplastias para las fracturas de fémur, entonces las discordancias desaparecen porque la evidencia y la experiencia irán de la mano. Desgraciadamente, como dicen las cifras del NHS, esta coincidencia se da pocas veces, especialmente cuando se trata de evaluar la introducción de terapias costosas o tecnologías disruptivas.

El movimiento de la medicina conservadora cree en la innovación, pero pide más rigor en la práctica clínica y más independencia de criterio profesional ante la arrogancia tecnológica, y por ello hace un llamamiento, por el bien de una medicina más humana, a aprender a convivir con ciertos grados de incertidumbre.


Jordi Varela
Editor

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