Páginas

viernes, 2 de octubre de 2020

Defender







Todo el mundo defiende algo, principalmente su interés. En el mundo sanitario en el que me muevo también pasa y es muy común que esos intereses choquen entre sí enfrentando a unas categorías profesionales con otras o a los que piensan de un modo con los que piensan lo contrario. De hecho, esta división ha sido una de las principales razones que explica que se hayan consentido unos altos niveles de maltrato institucional a profesionales sanitarios en nuestro medio.

Pero, más allá de lo puramente estatutario, me gustaría plantear la siguiente pregunta: ¿qué defiendo yo como médico de familia asistencial público en un centro de salud rural? ¿Qué defiendes tú desde tu posición?

Podría empezar diciendo que defiendo una serie de valores éticos y deontológicos, unos principios básicos de la medicina familiar y comunitaria como la longitudinalidad, la accesibilidad, la integralidad, la polivalencia, la cercanía al paciente... y si bien todo ello es cierto, me gustaría ir un poco más allá.

Lo que en el fondo siento que defiendo son personas. Personas que acuden a la consulta en calidad de pacientes, enfermos o sanos con algún miedo o problema de salud. Personas que pertenecen a una comunidad y a una familia que conozco. Personas que en muchos casos padecen situaciones de vulnerabilidad por distintos motivos o se enfrentan a enfermedades graves o crisis vitales que les producen dolor, malestar o sufrimiento.

Y esa defensa me exige ser algo más que un mero técnico que cumple con sus obligaciones institucionales, su cartera de servicios y su contrato programa con la gerencia de atención primaria. Me exige ser humano, algo que paradójicamente no se puede medir y, por lo tanto, no es fácil de cuantificar. 

Pero mis pacientes lo saben. Nada más entrar en mi consulta saben el grado de humanidad que tiene su médico ese día. Si está despistado, si toca un día de sobrecarga y prisa, si no voy a poder dedicarles un mínimo de tiempo o tal vez sí. Saben si me preocupo por su caso o si lo paso por alto y me lo quito de en medio, saben si les ofrezco soluciones fáciles o me meto a fondo, saben si estoy afinado o no lo estoy. 

La defensa de otros tiene, por lo tanto, un aspecto musical, ha de sonar bien, estar afinada. Si no lo está nos quedamos en gritos o chirridos, en meros aspavientos, como mucho en una puesta en escena. El afinamiento personal implica tener presencia, estar presente, tener capacidad para escuchar. Implica el reconocimiento del otro como propio y no como ajeno, comprender profundamente que la herida que te muestran es de alguna manera semejante a las tuyas, saber que el espacio que los demás te enseñan junto con sus miserias es terreno sagrado y es necesario descalzarse para no mancharlo con el barro que uno pueda arrastrar. 

Cuando veo que los políticos y responsables defienden sus intereses partidistas y sus cuotas de poder no puedo por menos que mirarme las manos vacías. También yo me despisto y en muchas ocasiones trato de barrer para mi propio beneficio. También yo hago trampas y a veces me escaqueo. Pero, como los violinistas primerizos, sigo afinando mi instrumento sabiendo que mi torpeza indefectiblemente termina arruinando el sonido. Ese afán es quizá lo único de valor que verdaderamente puedo aportar a los que depositan su confianza en mí. 

Me considero, pues, un médico descalzo por las razones expuestas y porque la institución donde trabajo no me pone fácil caminar con seguridad al obligarme a atender al paciente con tiempos y modos que con frecuencia serían más propios de una atención veterinaria que de adultos, escatimándome la posibilidad de realizar una anamnesis, una exploración y una reflexión mínimas. Siento que es fundamental visibilizarlo, pero no me gusta quedarme estancado en una actitud de queja o de protesta permanente que considero tóxica tanto para mí como para los que me rodean. Por eso lo compatibilizo compartiendo mi escasa reflexión en lo que considero es una senda narrativa que me conecta y hermana con otros muchos cuidadores. 

Defender es, por lo tanto, un verbo esencial para mí que se une a una larga lista cuya conjugación me permite encontrar sentido en lo que hago. Y eso, en los tiempos que corren, tiene mucho valor dado que toda sociedad precisa personas que además de servir y sostener puedan aportar comprensión y entendimiento. Quizá no nos lo reconozcan como merecemos, pero puedo asegurar que cuando consigo ser fiel a estos valores mi conciencia puede descansar en paz por las noches, algo que pocos notables o poderosos pueden permitirse. 


1 comentario: