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viernes, 24 de junio de 2022

Una pandemia de desconfianza

Gustavo Tolchinsky
Cui prodest





Cómo mantener la credibilidad para tomar decisiones en escenarios complejos

La manera en que la ciencia es visualizada por la sociedad es muy diversa y ha variado a lo largo de la historia y las culturas. El valor que la sociedad le ha dado también está sujeto a cambios. Hay muchos ejemplos de ello en la literatura, la pintura o la política. Así, las pinturas de Klimt se produjeron en un ambiente cultural donde el arte y la vanguardia de los descubrimientos científicos convivían en simbiosis en muchas de sus manifestaciones. También se observa en obras como Contrapunto, de Aldus Huxley, donde algunos pasajes son una verdadera clase de anatomía o fisiología. El proceso creativo, y la capacidad del ser humano de describir la naturaleza y conseguir explicar fenómenos incomprendidos u ocultos hasta ese momento, maravillaba e inspiraba a muchos artistas que lo compartían con la sociedad. En el extremo opuesto tenemos ejemplos de la política, como el presidente Trump, que ha legitimado de forma explícita discrepar de las evidencias (facts), o que se han llevado al cine en películas como No mires arriba (Don’t Look Up), en la que se muestra un caso extremo en que se politiza de manera interesada la información científica y como ello acaba polarizando a la sociedad hasta la confrontación y la catástrofe.

La desconfianza es inherente al contacto entre ciencia y sociedad

La sociedad se mueve en el amplio rango que va desde la credibilidad hasta el descrédito de la ciencia, a la deriva de múltiples fenómenos que la condicionan. El conocimiento científico es motivo de debate, discrepancia, refutación o validación en los distintos foros de expertos en cada rama de la ciencia, como un ciclo incesante que permite realizar avances o abrir nuevos campos de estudio. El conocimiento científico también está sujeto a conflictos de intereses o puede ser politizado. Muchas de las ramas de la ciencia no se ven cuestionadas por la sociedad simplemente porque no tienen impacto directo en la misma y no están en la esfera pública, pero aquellas que afectan a la sociedad y al día a día de sus individuos suelen estar más cuestionadas. Scientific American publicó un estudio junto con Nature sobre la confianza en la ciencia, relacionada con distintos temas, donde se evidencia un alto nivel de desconfianza en la ciencia y en temas relevantes como la seguridad alimentaria, la curación del cáncer, las causas del autismo y, la peor parada, la pandemia de gripe (N1H1), tal y como se muestra en la siguiente figura. 

Figura ¿Cuánto confían las personas en lo que dicen los científicos? (Fuente: “In Science We Trust.” Scientific American 303, no. 4 (2010): 56–59).


Los profesionales de la salud utilizamos el conocimiento científico y lo integramos en nuestra práctica clínica, con lo que muchas veces ejercemos de portavoces de nuevos conocimientos y de su importancia para la sociedad, que nos considera competentes para ello.
 
Mensajes y discrepancias

Sabiendo esto y que desde el inicio de la pandemia de SARS-CoV-2 el debate científico y las decisiones políticas se han retransmitido casi en tiempo real, es fácil que haya habido conflictos. Durante la evolución de la pandemia, las distintas medidas de carácter político eran consideradas por diversos expertos como acertadas, mientras que otros las consideraban completamente inadecuadas, trasladándose un mensaje de discrepancias y confusión a la sociedad a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Este punto supuso un elemento de complejidad añadido al propio reto de la atención sanitaria. De hecho, hubo un punto de ruptura entre una parte de las sociedades científicas y la administración. Más allá del ruido mediático y político que se generaba con cada discrepancia, dichas discrepancias han tenido como consecuencia la erosión de la confianza en las instituciones y las organizaciones, así como en el papel de los profesionales y de la comunidad científica, que lentamente ha ido calando en distintos sectores de la sociedad. El asunto no es banal ya que ha llegado al extremo de que profesionales sanitarios, científicos o divulgadores fueron objeto de agresiones y amenazas por sus declaraciones durante la pandemia. 

La confianza y la credibilidad son indispensables para poder tomar decisiones con nuestros pacientes en la práctica clínica cotidiana, pero también lo son a la hora de implementar políticas de salud pública, sobre todo en situaciones de crisis. En las crisis de salud pública, las instituciones, organizaciones y colectivos profesionales son herramientas que han de funcionar alineadas para ser eficaces. Cada cual con sus funciones y responsabilidades, pero a su vez con posicionamientos y declaraciones concordantes, pues todas ellas tienen un impacto. 

Precisamente durante la pandemia, la toma de decisiones en un momento de máxima incertidumbre es un tipo de problemática denominada “abierta o maliciosa (wicked)” que significa que va más allá de la clasificación o taxonomía de la ciencia médica. Se trata de un fenómeno complejo. Incluso la misma definición de mortalidad debida a COVID-19 efectuada por la OMS al inicio de la pandemia fue motivo de controversia que es analizada en la publicación The Pandemic of Argumentation. Un tema no menor es el de los bailes de cifras, que ha generado también discusiones tormentosas e interesadas desde distintos ámbitos, como ha sucedido con muchos otros temas relacionados con la pandemia. Pero más allá de las discusiones sobre la definición de conceptos y cómo se contabilizan, la controversia científica (y razonable) tiene posteriormente una traducción mediática y social muy distorsionada que es terreno abonado para que se planteen no solo dudas razonables, sino la instrumentalización política y la polarización social e incluso se llegue a la deriva de la conspiración.

Durante la pandemia, las instituciones y las organizaciones sanitarias intentaban conectar con la sociedad mediante mensajes a través de los medios de comunicación y las redes sociales, ya fuera para comunicar e informar de manera genérica, informar de cambios normativos, solicitar colaboración, informar de la situación en proximidad o dar esperanzas y empatizar mutuamente con el sufrimiento. También hemos podido ver como personas individuales desacreditaban la información o las medidas oficiales en las redes sociales o en los medios de comunicación, en ocasiones con gran vehemencia y en defensa de una verdad que a veces se ha demostrado cambiante según las circunstancias.

¿Cómo mantener la confianza en la ciencia, en el colectivo médico y en las instituciones?

Se plantea aquí un dilema importante. Se trata de encontrar el equilibrio con transparencia entre la manifestación de la discrepancia y la preservación de la credibilidad y, por lo tanto, la capacidad de realizar acciones con impacto en el contexto de una crisis por parte de las instituciones. No tiene una solución sencilla y claramente definida si no se atiende a un determinado contexto. Confrontar los conceptos de “verdad” y de “bueno o adecuado” no tiene el mismo impacto positivo en la sociedad. “La verdad” es útil a la hora de realizar una descripción fidedigna y ajustada de lo que se conoce, pero en contextos de alta incertidumbre ninguno de los actores tiene todas las certezas, no siempre hay acuerdos sobre la metodología de análisis de los datos y esta puede cambiar en el tiempo. “Lo adecuado” ha de tener en cuenta aspectos éticos, legales, de libertades y otros, a la vez que va incorporando un alto nivel de incertidumbre y, por lo tanto, de la complejidad visible y la potencialmente oculta. 

La transparencia no implica destripar las discrepancias sobre la definición de conceptos o metodologías, sino informar de que las decisiones políticas basadas en la ciencia conllevan sus riesgos y hay intereses en juego. 

Las instituciones tienen mucho campo de mejora para comunicar con prudencia y tomar decisiones con las evidencias científicas disponibles y teniendo en cuenta la complejidad y la incertidumbre, pero a su vez pensando en los intereses de la población que están en juego para así mantenerse útiles a la sociedad a la que sirven. Como la ciencia, también son perfectibles. 

A menudo, el impulso, la inmediatez y la visibilidad en las redes sociales activan un acto reflejo para mostrar nuestra discrepancia, pero este va acompañado frecuentemente de juicios de valor o una vehemencia desmesurada. Debemos discrepar de manera razonada y hacerlo en un contexto, con la prudencia necesaria y pensando en el valor que aporta. Hemos de tener muy presente que cuando nos identificamos públicamente como profesionales sanitarios o expertos en algún campo científico somos en parte responsables no solo de trasladar nuestro conocimiento, sino de preservar la confianza en la ciencia y en el colectivo que representamos, pero sin obviar la complejidad que se da en un campo concreto, teniendo en cuenta el contexto social y político en el que sucede.

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