Los resultados en salud (outcomes) son el
dorado de la gestión clínica. Los sistemas de información han aprendido a catalogar (
GRD) y a estratificar (
CRG) con el fin de ajustar la práctica clínica a las necesidades de cada proceso. Los programas de calidad ofrecen indicadores que alertan de acciones que podrían aumentar la seguridad de los pacientes.
Los modelos de pago, por su parte, van a la búsqueda de premiar la obtención de resultados (P4P). Es por tanto evidente que el reto de los sistemas sanitarios es averiguar cómo conseguir que sus actividades aporten valor a la salud de las personas y, en este punto, es donde comienzan los problemas, debido a que muchos de los outcomes (como las supervivencias) están demasiado influenciados por determinantes no sanitarios, pero también por el sobrediagnóstico.
La categorización de outcomes propuesta por Michael Porter clarifica, pero no ofrece todas las respuestas, dado que los pacientes tienen mucho que decir cuando se habla de resultados sobre su propia salud. Pongamos por ejemplo una mujer a la que se le diagnostica un cáncer de mama. Para ella conocer la supervivencia a cinco años de las opciones terapéuticas que se le ofrecen es una medida de resultado de primer nivel (
tier 1). Ahora bien, si la probabilidad de supervivencia es elevada, podría ser que la paciente comenzara a interesarse por el riesgo de linfedema (
tier 3), ya que esta complicación del tratamiento puede afectarle la calidad de su vida.