miércoles, 2 de julio de 2014

Los hombres (de mi generación) no lloramos








La formación emocional ha cambiado a lo largo del tiempo. A una parte de los hombres de mi generación nos educaron en la contención de las emociones. Los hombres no lloran. Expresar en público ciertas emociones puede ser considerado como una grosería (o, peor, como una debilidad). La intimidad (es decir, la soledad) es el único espacio de las emociones masculinas. La intimidad entendida como un espacio personal no compartido. La intimidad es un derecho y, sobre todo, una manera de trabajar. Hay cosas que sólo pueden ser fruto del trabajo y la reflexión personal, en la más estricta intimidad.

Ya sé que simplifico. Quizás no debemos hablar de emociones e intimidad. Quizás deberíamos hablar de "privacidad". Pero ahora mismo hay un par de fenómenos relacionados con la digitalización que, como mínimo, se sitúan en el límite de la privacidad: la inteligencia colectiva y la transparencia.

La inteligencia colectiva pone en cuestión la reflexión individual como herramienta básica para comprender. Sumar es tan potente! Sumar desde diferentes perspectivas da soluciones inéditas a problemas complejos. Pero me centraré en la transparencia.

La transparencia la entendemos diferente la generación del Facebook o la mía. La generación de los hombres que no lloramos entendemos la transparencia desde una perspectiva simple "hay que decir siempre la verdad, pero no hay que decirlo todo, siempre" y la pregunta es: "¿Tanta transparencia puede llegar a ser tóxica?"

Byung-Chul Han (Seúl, 1959) es el autor del libro "La sociedad de la transparencia". Dice cosas interesantes en cuanto a la transparencia: más información (demasiada información) no ayuda necesariamente a tomar buenas decisiones. La intuición juega un papel muy importante. La sociedad expuesta elimina rituales, ceremonias, referencias y narrativa. La crisis actual no es la aceleración sino la dispersión y la disociación temporal (p. 65)

Pero la idea que más me ha seducido de este libro es la que se centra en la confianza. Apelar a la transparencia traduce una sociedad más frágil, en la que valores como la honradez o la lealtad han perdido peso. En una relación de confianza la transparencia no es necesaria. Llevar al límite la idea de transparencia puede generar un estado de "vigilancia permanente" que promueva la uniformidad (p. 91). Qué cosa más terrible la idea de uniformidad!

Naturalmente que hay que exigir la transparencia, especialmente cuando nos referimos a los bienes comunes. Es obvio que el acceso a los datos nos deben ayudar a decidir. No seré yo quien insinúe que el oscurantismo es positivo. Pero quizás, unas gotas de confianza ayudarían a hacer una receta más rica.

Para terminar. El lector benevolente aceptará que, a pesar de todo, los hombres de mi generación (que no lloramos en público) somos lo suficientemente sensibles para valorar la ternura, aunque a veces mantengamos las emociones en la más estricta intimidad.

Un ejemplo:

La mamma morta, aria de la ópera Andrea Chénier (1896) de Umberto Giordano (1867-1948), interpretada por María Callas (1923-1977) en la escena de la película Philadelphia (1993), con Tom Hanks y Denzel Washington.


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