El neurólogo Oliver Sacks ha publicado un artículo en el New York Times "My own life" donde anuncia que le acaban de diagnosticar una metástasis en el hígado (se puede leer también en la Vanguardia). "Me encuentro cara a cara con la muerte. Depende de mí escoger como viviré los meses que me quedan. Tengo que vivir de la manera más rica, profunda y productiva que pueda." La muerte es un hecho inescrutable que cada persona vive a su manera, hasta aquí todo normal, y Sacks lo hace con serenidad, tomando las riendas del tiempo que le queda. Pero, ¿y el sistema sanitario? Cuando alguien llama a la ambulancia porque tiene un dolor repentino en el pecho, toda la organización sanitaria se tensa, se activan los protocolos y todo el mundo sabe lo que tiene que hacer. La sanidad tiene el control de ese proceso, por lo que el paciente sólo tiene que mantenerse confiado. Pero, por otro lado, cuando lo que se tiene que hacer depende de cómo ve las cosas el enfermo, como es el caso de Sacks, entonces el sistema ya no se siente tan seguro, y puede llegar a hacer cosas poco apropiadas, o incluso desproporcionadas.
Fruto de ello, el sistema no acaba de generar una reflexión rigurosa sobre cómo debe actuar ante el proceso de final de vida, y por tanto no se sabe cómo se deben interpretar los indicadores de mortalidad. Valgan como ejemplo las tasas de mortalidad de los hospitales, uno de los ratios que suele ser catalogado en los apartados de calidad o incluso de efectividad. Se trata de un indicador robusto y de cálculo relativamente sencillo. Por ejemplo, los estándares avisan de que de cada 25 personas que ingresan en un hospital una morirá. Este es un dato en bruto, pero a pesar de que se puede ajustar por complejidad, o incluso se puede ceñir a las patologías de mayor riesgo, al final el problema es de interpretación, porque cuando un hospital tiene una tasa de mortalidad elevada siempre aparecen explicaciones de tipo estructural: "en este territorio vamos cortos de sociosanitario" o "tenemos una población muy envejecida", y el debate se acaba deprisa.
Fruto de ello, el sistema no acaba de generar una reflexión rigurosa sobre cómo debe actuar ante el proceso de final de vida, y por tanto no se sabe cómo se deben interpretar los indicadores de mortalidad. Valgan como ejemplo las tasas de mortalidad de los hospitales, uno de los ratios que suele ser catalogado en los apartados de calidad o incluso de efectividad. Se trata de un indicador robusto y de cálculo relativamente sencillo. Por ejemplo, los estándares avisan de que de cada 25 personas que ingresan en un hospital una morirá. Este es un dato en bruto, pero a pesar de que se puede ajustar por complejidad, o incluso se puede ceñir a las patologías de mayor riesgo, al final el problema es de interpretación, porque cuando un hospital tiene una tasa de mortalidad elevada siempre aparecen explicaciones de tipo estructural: "en este territorio vamos cortos de sociosanitario" o "tenemos una población muy envejecida", y el debate se acaba deprisa.







